08 noviembre 2008

ADIOS

La primera vez que te vi salías en una serie de segunda que nunca llegó a nada y que ya ha quedado en el olvido. Entonces ya sabía que tenías algo especial aunque no lograba adivinar lo que era. Me tragaba aquella serie como si fuese agua aunque era un autentico pestiño, observando lo que yo sabía que iba a ser tarde o temprano un gran actor.

Fue entonces que se me hizo tan claro como el agua que éramos almas gemelas, solo que tu habías nacido allí y yo mal que me pese, en el otro lado del mundo y con una condición muy diferente.
Veía sin sorpresa y con una sonrisa de complicidad como a lo largo de los años te daban papelitos en algunas películas de éxito, nada importante, pero que hacía que tu cara empezase a dar de que hablar. Resignación, tú estabas allí y yo aquí, tu tenias tu mundo de celuloide y yo el mío de una chica corriente y moliente que de vez en cuando echaba un vistazo a internet para ver cómo te iba la vida. Las creencias místicas en mi familia siempre han estado a la orden del día, y aunque yo siempre las miraba con recelo me hicieron que de algún modo contemplara las posibilidades del mundo con una mente más abierta. Acaso con el peso de la lógica he llegado a elaborar mis propias teorías que no solo me han dado una visión diferente de la vida sino también de la relación que teníamos en común, es decir, ninguna a ojos vista pero profundamente unida en el alma. Se alivió en mí de algún modo el escozor de la separación al pensar que este solo era un ciclo más, algo por lo que tendríamos que pasar para, en otro momento, volver a estar juntos de nuevo. No llegué a darme cuenta de la injusticia que yo misma estaba cometiendo hasta que fue demasiado tarde.
A la par que avanzaba tu carrera se hacían y deshacían tus relaciones tormentosas con muñequitas del cine que nunca llegaban a dar el callo, que te abandonaban, todas y sin excepción, porque nunca alcanzaban a comprenderte. A todas decías que las amabas y todas acababan en nada.
Veía relaciones destrozadas y me apenaba por ti que no podías encontrar el amor.
Tonta, tonta, tonta.
No “podías” pero “buscabas”. Me di cuenta más tarde de que lo que en realidad fallaba en todo esto es que tu buscabas incesante, incansable, tenaz sin saber muy bien que era lo que debías encontrar y mucho menos donde. No quise o no supe ver que habías atravesado el mundo en una búsqueda que nunca daba sus frutos.
Y buscabas en lo que te había tocado vivir, en las actrices bonitas, en tu trabajo y los amigos fáciles, en el dinero y las fiestas de largas noches de gala.
Yo. Ese era el problema.
Fui muy injusta lo sé. Pero claro, llegó la fama y me acobardaron los clichés, los convencionalismos que dicen que un tipo como tú solo puede estar con ricas, guapas y famosas y que todas las demás que se acerquen son solo niñas fanáticas y retorcidas. En este mundo es muy difícil admitir incluso nuestras propias creencias. Yo sabía que me buscabas pero me negaba a reconocerlo.
He sido muy estúpida y ahora solo me queda pedirte perdón.
Una vez estuvimos a punto de cruzarnos. No creo en el destino pero si existe estoy segura de que quería reírse a nuestra costa. Después de estar separados por mares durante toda una vida yo salía de una tienda cuando tú con una nube de fotógrafos alrededor entrabas en otra en la que yo había estado tan solo cinco minutos antes. Te vi de lejos sí, al menos yo tuve ese consuelo, no como tú.
Pero aquel encuentro no habría solucionado nada ¿verdad?, lo sabemos, la vida no funciona con tanta desventaja. Te habría mirado yo sabiéndolo todo y tu harto ya de niñas alocadas habrías desviado la mirada rápido y sin dar concesiones. Lo tenía asimilado, para mí ha sido todo más fácil.
Que tu búsqueda terminara contigo fue únicamente culpa mía.
Mi penitencia ha sido un luto cerrado y oculto. Que una chica de mi edad llore por un actor muerto no está bien visto, no podría explicarlo de forma que alguien lo entendiera. Llorarte por los rincones y sentirme culpable, triste no sólo por haber perdido a un ser querido sino por haber negado al mundo la posibilidad de un arte tan grande. Injusta contigo y con todos.
Yo se que volveremos a vernos, pero no estaba segura de que tu lo supieras y me rumiaba en las entrañas la idea de haberte fallado en todos los sentidos.
Esta noche, en mi condición de onironauta he llegado hasta ti. Estabas sólo, en tu infierno personal, un decorado de cine de una película que nunca llegaste a rodar. Sólo, sin cámaras, ni director, ni guión, acurrucado en un rincón como un niño que no entiende nada, casi enfadado y molesto por no recibir explicaciones. Me he acercado a ti y has notado mi presencia y has paseado tu mirada por encima de mí, como un ciego que detecta pero no ve. Acuclillada ante ti te he acariciado el pelo sucio y alborotado de quien lleva horas y horas trabajando sin parar, el rostro demacrado y los ojos marrones encendidos con un brillo de locura. Te has quedado muy quieto notando que te tocaba pero sin poder disfrutar de la sensación de mi caricia.
De pronto lo has comprendido todo y has reventado a llorar. Primero con los ojos húmedos que miraban a través de mí, después con la cara entre las manos, hipando sin aire y dolorido. Querías gritar y protestar, movías los labios pero de ellos no salían palabras.
“Ya no puedes hablar amor mío. Has abandonado la vida y te han tapado la boca.”
No oyes mis palabras pero las notas y las entiendes. Me siento hasta cruel.
Había resignación en tus gestos. Sentada a tu lado al menos te he prestado mi hombro de consuelo, sin calor eso sí, como el que se apoya en la barra de un bar. Sin poder disfrutar del alivio de una caricia, de una sonrisa o de una pequeña conversación pero has podido sentir que estaba ahí, contigo. Has intentado mirarme de nuevo y tu mirada llena de frustración no me hacía más que preguntas ¿Por qué? ¿Dónde has estado?
“En otra vida tal vez, en esta no nos tocaba. Ahora descansa”.
Y poco a poco he regresado a la vigilia, me has dejado ir despidiéndome de ti con esperanza, hasta la próxima.
He hecho lo que he podido. Lo siento. Te echo de menos.
Adiós.

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