18 junio 2009

Ningún asunto pendiente

Adela la enfermera había enfilado por el pasillo como era su costumbre a esa hora,

parándose en cada una de las habitaciones para ver si alguno de los niños necesitaba

cualquier cosa, ya fuera medicación, comida o un simple abrazo, siendo estos últimos los más

habituales.



En la habitación 302 estaban los más mayores, Jorge con una cardiopatía grave y

Daniel, con leucemia crónica, ambos de dieciséis años. Pero ellos sólo estaban allí de

visita.


Aquella era la habitación de Claudia, también con leucemia. A la chica de quince

años le habían diagnosticado la fase aguda desde hacía una semana y no quería tener allí a

sus padres lamentándose todo el tiempo. En cambio les obligaba a cumplir los horarios de

visita como los demás padres y prefería pasar el resto de la tarde con sus dos amigos.


Se conocían desde hacía dos años cuando Daniel y Claudia ingresaron a la vez en la

planta infantil del hospital. Desde entonces los tres amigos habían sido casi inseparables.
La enfermera Adela, una mujer rechoncha y de gesto severo, llamó suavemente a la puerta y la

abrió un poco para asomarse.


- ¿Queréis algo chicos? ¿Necesitáis alguna cosa?


- No –contestaron los tres meneando la cabeza.


- Os serviré la cena en un par de horas ¿de acuerdo?


Y los tres asintieron mientras la mujer cerraba la puerta dejando en la intimidad

tan tierna escena.


Claudia había adelgazado más aún en los últimos meses, pesaría algo menos de 50

kilos, y había perdido todo el pelo por la quimioterapia y el trasplante de médula. Sus

padres se habían negado hasta entonces a usar técnicas tan agresivas pero al final tuvieron

que ceder. La bonita mata de cabello castaño fue acabando por mechones en el cubo de la

basura. Ahora la niña de cara bonita reposaba frágil en la cama entre sus dos amigos que la

arropaban. Tenía frío, siempre tenía frío.


No hablaban, solo veían la tele, la ruleta de la fortuna mientras cogían a Claudia

de la mano que de vez en cuando acertaba las respuestas del concurso y sonreía. Los dos

chicos la regañaban en broma por ser tan lista.


Era lista sí, pero le hacía falta el cariño en un momento tan duro y ellos no

dudaban en abrazarla y consolar sus lágrimas. Aunque casi no lloraba porque también era una

chica muy fuerte.


- No quiero morir virgen. –dijo de pronto.


Los dos muchachos la miraron. Con lo estática que estaba Claudia parecía imposible

que hubiese hablado, menos aún para haber soltado algo tan desconcertante.


- ¿Has dicho algo? – preguntó Daniel, el más lanzado de los dos.


Claudia seguía mirando la pantalla, hipnotizada y serena. No se atrevía a mirarles a

la cara.


- He dicho que no quiero morir virgen.


Daniel tuvo que morderse los labios para reprimir una sonrisa pero Jorge le dirigió

una mirada severa.


- No te vas a morir – gruñó Jorge.


- Que a estas alturas tengamos que discutirlo me parece ridículo – contestó ella.


- Perdona si me cuesta asumirlo – protestó.


- Ya lo hemos hablado.


- Lo sé – gruñó él.


- ¿Con quién quieres acostarte? – interrumpió Daniel muy serio, a lo que Jorge

contestó con un bufido.


Claudia se encogió de hombros.


- Me da igual. – dijo bajando la cabeza de avergonzada. De no haber estado tan enferma

se habría sonrojado. – con los dos supongo.


Los chicos se quedaron pasmados. Una cosa era formular un deseo como última voluntad

y otra muy distinta era pretender cumplirla de verdad o, más escandaloso aún; querer

cumplirla con ellos, con sus amigos.


- Pensé que hablabas de montártelo con algún famoso o algo así. – señaló Daniel.


- ¿Para qué quiero yo a un famoso? – se enfadó- No quiero morir virgen y me gustaría

hacerlo con alguien a quien quisiera ¿o es mucho pedir?


- No se… - por una vez Daniel no sabía que decir.
Pasaron diez largos minutos pensando mientras la ruleta de la fortuna giraba y giraba. El

concursante número dos había caído en la casilla de bancarrota. Jorge tragó saliva.


- Tiene el corazón muy chungo – señaló Daniel a Jorge riendo a carcajadas – Me parece

que el médico le ha desaconsejado las orgías por el momento.


- ¡Cállate Daniel, no se trata de eso! – le regañó Jorge – Entiendo lo que quiere

decir…


- ¿A sí? – preguntó ella esperanzada.


- Sí… te queda poco y quieres hacerlo… no me parece mal es sólo que…


- ¿Qué? – preguntaron los otros dos.


- Yo no sabría qué hacer ni por dónde empezar.


Claudia le miró fijamente a los ojos durante unos segundos, estudiándolos y vio como

el chico bajaba avergonzado la cabeza. Sabía que Jorge la quería, que estaba enamorado de

ella de algún modo tierno y protector. Lo sabía porque en realidad era el mismo sentimiento

que compartía todo el grupo, como un acuerdo tácito. Los tres se querían, eran los mejores

amigos que tendrían jamás y Claudia era lo más parecido a una novia que conocían.


La niña alzó la cara de Jorge tomándola por la barbilla y deslizó con cierto

esfuerzo su boca temblorosa sobre la de él. A él le pilló por sorpresa y Daniel tenía los

ojos como platos. Después de darle un par de besos suaves e inseguros en los labios se

volvió hacia su otro amigo y repitió la operación.


No dijeron nada, estaban tan fascinados con esta actitud que dejaron que Claudia

hiciera lo que se le antojase. Repitió el mismo gesto varias veces, cada ocasión más tiempo,

cada vez con más experiencia ganada del beso anterior. Llegó un momento en que todo dejó de

ser extraño para convertirse en divertido y excitante. Claudia danzaba de boca en boca

mientras sus amantes esperaban su turno con una sonrisa entusiasta.


Había hecho tres rondas de aquellos inocentes besos cuando se le ocurrió meter la

lengua en la boca de Daniel y jugar con la suya. Fue una sorpresa agradable que duró un par

de minutos al cabo de los cuales enseñó a Jorge lo que acaba de aprender. Era un intercambio

continuo aunque hubo un momento en que Claudia se sintió tan cansada que tuvieron que ser

ellos los que los que se acercaran a besarla. No les importaba.


Los chicos empezaron ocupar sus bocas mientras ella besaba al otro compañero. La

besaban en el cuello, los hombros, los brazos. Daniel fue más osado y se atrevió a tocarla

un pecho. Ella dio un respingo pero no se quejó. Aquello era lo que quería. Sus pechos sin

desarrollarse del todo pronto fueron agasajados por las manos de dos personas distintas, que

la acariciaban delicadamente los pezones con dedos inseguros pero intrépidos.


Mientras se ocupaba de Daniel dio la espalda a Jorge, quien se dedicó a besar su

aterciopelada nuca y de forma automática empezó a frotar su incipiente erección contra ella.

Las manos, los cuerpos comenzaban a actuar por instinto. La boca de Jorge se cernía sobre su

cuello mientras la de Daniel enlazaba con su lengua la de ella en besos que ya parecían de

experto.


En un momento dado Daniel cogió la mano de ella y la arrastró hacia su pene

endurecido. La enseñó a masajearlo primero por encima de la ropa y después bajo los

pantalones del hospital, a flor de piel.


Se oyó un gemido suave que indicó el prematuro orgasmo de Jorge.
No tardó en seguirlo Daniel. El nuevo roce de una mano ajena en su sexo le provocaba un

placer desconocido y prohibido.


Los dos habían acabado y todo era un amasijo de sábanas revueltas, humedades y

olores exóticos.


- Me va a dar algo. – murmuró Jorge.


- ¡Qué! – exclamaron los otros dos muy preocupados por su enfermedad.


- Nada, nada. – se apresuró él – era una forma de hablar.


Daniel le dio un pequeño empujón en el hombro a modo de reproche mientras que

Claudia se volvía para consolarle. Besó con ternura su frente cubierta de perlitas de sudor

mientras que Daniel acariciaba la cabeza calva de ella como si fuera lo más precioso del

mundo.


Se dejó caer cansada sobre la almohada mientras ellos la acariciaban con cariño. No

se atrevían a mirarse a los ojos por temor a que desvelaran sus sentimientos, a saber; que

todo aquello les gustaba y les parecía perfecto. Que aquello era amor dulce y sexual y

querían repetirlo.


- Quiero hacerlo. –susurró ella.


- Nos van a pillar. – terció Jorge.


- Me da igual.


- ¿Con quién? – preguntó tajante Daniel.


- No la animes que nos van a pillar.


- ¡Me da igual! – insistió ella.


- Le da igual Jorge.


Jorge resopló.


Se moría de ganas pero todo aquello le parecía una locura. Primero pensaba en la

imagen de la enfermera entrando por la puerta, pero después miraba a la delicada Claudia,

tan deseable y frágil, pidiendo hacer el amor antes de morir. ¿Cómo podía negárselo?


- ¿Con quién? – insistió Daniel acariciándole la mejilla.


- Con los dos.


- No puedes hacerlo con los dos a la vez – señaló.


- Pues primero uno y después otro.


- ¿Pero quién?


- No lo sé Daniel, no me agobies.


Se quedó acurrucada entre los brazos de Jorge y Daniel la abrazó por la espalda. Era

agradable sentirse tan arropada y se habrían quedado dormidos de no ser porque ella aún

estaba muy excitada y empezó a removerse nerviosa, buscando frotarse con ambos a la vez,

acariciando con sus huesudas manos todo lo que encontraba su paso. Pronto empezaron a

besarse de nuevo, esta vez con más ganas y más experiencia. Las lengua rodaban y las manos

de los chicos exploraban los rincones de ella que habían dejado sin tocar hasta el momento.


La mano de Daniel se coló impúdica por el pantalón del pijama de ella y le acarició

el suave monte de Venus desprovisto de vello. Poco a poco se aventuró a ir más abajo,

palpando, identificando cada parte de aquel desconocido sexo femenino. Los gemidos escapaban

de Claudia suavemente mientras unos temblorosos dedos recorrían los húmedos labios, sus

dobleces y un sensible clítoris inflamado. Dio algunas vueltas, algunas caricias torpes pero

efectivas en aquel sexo inocente. Los dedos exploraban, buscaban zonas en las que el tacto

pudiera marcar más gravemente la respiración de la chica. Al fin Daniel se decidió y después

de encontrar la abertura la penetró con un dedo mientras ella empezaba gemir con más fuerza.

Jorge la besaba y la lamía mientras presionaba suavemente los pechos con las manos bajo la

camiseta. Daniel por su parte se frotaba contra su trasero mientras la masturbaba.


Estaban drogados de placer, apenas concebían nada más que sus propios cuerpos y sus

sentimientos.


- Quiero hacerlo. – gimió.


Se quitó los pantalones torpemente quedando así medio desnuda y volviendo después a

su posición. Retiró un poco los pantalones de Daniel y agarró firmemente su pene para

acercárselo por detrás.


Al principio Daniel no sabía muy bien lo que debía hacer pero se dejó llevar puesto

que eso le estaba dando buenos resultados. Ella curvaba su espalda hacia atrás buscando la

penetración. La virginidad de ella oponía resistencia, pero estaban tan excitados que el

dolor del primer momento incluso fue agradable. Daniel la penetraba acompasado, con la

cabeza nublada por el sexo, excitado, totalmente enloquecido.


Jorge a su vez la besaba por delante ajeno al resto, deleitándose con sus propios

momentos con ella. Acariciaba su sexo guiado por la mano de ella y observaba la escena

maravillado.


Daniel no duró en su baile ni cinco minutos. Penetrándola furioso descargó el

orgasmo dentro de ella para después quedar exhausto.


- Sigue tú. – le susurró deseosa a Jorge.


Al momento metió la mano bajo sus pantalones y tan pronto se desembarazó del miembro

de Daniel se introdujo el de Jorge, bastante más grande y endurecido.


- Me gusta. – gimió mientras lo besaba y se acunaba acompasada en sus brazos.
Jorge estaba fascinado con todo lo que sentía. Una sensación electrizante recorría su cuerpo

y avivaba su marchito corazón con oleadas de calor.


Daniel derrotado contemplaba la escena, veía como aquella niñita moribunda podía ser

tan terriblemente sexual, arrancando gemidos animales de su amigo mientras se apretaba con

fuerza hacia él buscando una penetración más profunda, más dura.


- No puedo más. – gimió Jorge.


- Sólo un poco… Un poco… - suplicó ella.


Después de un minuto en el que aceleró el ritmo y la fuerza de sus embestidas, ella

arqueó el cuerpo hacia atrás y coronó el orgasmo de ambos con gemidos y gritos ahogados en

la almohada.


Su respiración aún era entrecortada cuando ambos chicos la vistieron y se tumbaron

de nuevo a su alrededor como si nada hubiera pasado. Estuvieron abrazados toda la noche,

protegiéndola.


A los diez minutos de haberse quedado dormidos pasó la enfermera Adela con la cena,

pero los vio tan tranquilos que no quiso molestar.


Claudia felizmente no volvió a despertarse.

3 comentarios:

Carmina Vallverdú dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Carmina Vallverdú dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Carmina Vallverdú dijo...

Me ha encantado
inocencia, sensualidad y erotismo pero escrito con elegancia y
enfermera y estaba sufriendo por la de tu relato, porqué en alguna ocasión al ir a repartir medicación a mis pacientes me encontré una pareja haciendo el amor, yo no dije nada, salí como si nunca hubiera entrado y pensé que la medicación que
esperar y que mis pastillas frente al poder analgésico de las endorfinas éstas eran mucho más potentes y sin efectos secundarios.
Que suerte la de Claudia de morir tan dulcemente y rodeada en su lecho del calor de sus mejores amigos y habiendo cumplido su sueño. Me ha emocionado mucho! Un beso enorme Marian!
Carmina Vallverdú