29 octubre 2008

Peor para el Sol

Sé que no insistí lo suficiente, quizá solo un par de veces, pero sus contestaciones daban mucho juego a la conversación y conseguían desviar mi atención a cuestiones para mí menos triviales.
- No se para que quieres saberlo. –dijo altiva -A cada uno le digo uno distinto.

Reaccione rápido.
- ¿Un nombre para cada hombre que seduces? –chasquee la lengua- Eres demasiado bonita. Que desgraciado soy. – ella rió.
- No. Digamos que solo me molesto por los amantes discretos, de esos que solo te pierden el respeto en la cama.
- ¿No te gusta que te respeten? – me extrañe.
- En el sexo no. Yo en la cama no quiero recato. – Aquello me excitó.- Muchos hombres caen en el absurdo de no respetarte en la calle para después ser pusilánimes en la cama. – Parecía una decepción basada en el recuerdo.- Desgraciadamente hay mucho de eso.
- Yo no. – me vendí.
- ¿Estas seguro?
- ¿Quieres probar?- desafié.

Hacía rato que la conversación era un puro pulso. Desde que nos conociéramos y compartiéramos droga en el baño todo era un tira y afloja sexual. Nada de caricias sin querer o roces furtivos. Solo palabras.
- Vivo aquí al lado si tienes algo que demostrar.
- ¿No se enfadará tu marido si no llegas a casa sola?

Se le agrió un poco el rostro. Pude darme cuenta de un pellizco de dolor en su mirada y me arrepentí enseguida de haber dicho aquello. No pensaba disculparme y por un momento vi tambalearse mi noche de suerte. Rápida se recompuso.
- No sé. No recuerdo tener marido ahora mismo. ¿Importa mucho?
- En verdad me da igual.
- Desde luego que sí - gruñó.

Cada uno en su lugar, me dije. Traté de avivar la conversación.
- Quiero quitarte ese vestido.
- ¿No te gusta?- se hizo la tonta.
- Mucho, pero quiero ver que hay debajo.

Me miró con un gesto discreto de arriba abajo, apoyada elegante en la barra, midiéndome. Al poco se me acercó melosa.
- Tengo champán en casa. Si me gusta cómo me lo quitas te doy un poco.

Sonreí. No me sentía capaz de nada mejor. Me tomé lo que quedaba de mi cerveza lo más rápido y decente que pude, casi temblando, mientras ella contemplaba divertida su obra. Había hecho de mí con un par de frases un hombre irracional, un loco por follar que quería salir de ahí cuanto antes.
- Sírvete. – le dije al camarero. Planté un billete en la barra y saque de allí a la dama, tan aprisa que no me di cuenta de la estupenda propina que había dejado.
- El Templo del Morbo. – dijo ella, entre juguetona y sorprendida. Estaba mirando el letrero del bar mientras se calzaba el abrigo como podía. La reacción típica de todos los neófitos, pensé.
- Así estoy yo.- la agarré de la cintura y me froté contra ella sin recato. No intente besarla. Ella a mi tampoco.
- Es por aquí, a la vuelta. – dijo con ojitos brillantes.

A penas pude ver unos minutos la playa de San Lorenzo antes de girar la esquina. El paseo marítimo siempre bullicioso estaba ahora desierto, a excepción claro de algunas almas pérdidas, o en nuestro caso, en busca de la perdición. La gente decente, pensé, se había ido a dormir hacia mucho, con el sol. El Sol, ese marido confiado y sin remordimientos, ese que se va a la cama temprano, ese que no sabe, que no quiere saber, ni se imagina, los deslices a los que empuja su abandono. Peor para él, me dije. Y le dimos la espalda al mar.
Llegamos al portal tranquilamente, cogidos de la cintura como cualquier pareja.

- Parecemos decentes y todo. – le dije al oído.
- ¿Es que no lo somos? – susurro a su vez.
- Yo desde luego no. Abre esa puerta anda.

Y abrió la puerta. Y antes de que tuviera tiempo de encender la luz la agarre del brazo y la empuje contra la pared. Ahora sí, la besé. Conquistando su boca con mi lengua, su culo con mis manos, sus tetas, sus piernas… no daba abasto con solo dos manos. Ella, mas hábil y centrada que yo, ya me había desabrochado los pantalones y me acariciaba la polla desnuda mientras yo ganaba terreno bajo su falda.

- Me voy a follar este vestidito. - gruñí.

A ella se le escapó un gemido, así que reuní fuerzas y la alcé contra la pared. Ella misma con su mano libre encauzó ambos sexos y yo, sin estar seguro de nada, me deje llevar por la intuición y empujé con fuerza.
Sentí un triunfo, mi premio. Llevaba dos horas desde que la echara el ojo manteniendo un patético control, queriendo ser sucio, bufando por follarla como pudiera, donde pudiera. Me lancé desesperado a penetrarla, furioso, casi inconsciente. Solo había en mi mente dos ideas: más rápido y más fuerte. Era un loco a merced de mis caderas que empujaban las suyas como podían. Humedad, frio, el sonido pulposo de nuestros cuerpos al chocar. La oía gemir en mi oído, suave, rápido, discreta, justo lo que yo necesitaba para explotar. Sin preocuparme por ella me embalé al ver venir el orgasmo y fui yo quien gritó sin poder ni querer evitarlo al correrme dentro de ella. Aun con fuerza se la metí dos veces, regodeándome. Nos calmamos. Me calmé.
Al cabo de un rato pude disculparme.

- Tranquila, te compensaré por esto.
- Más te vale. – me regañó sonriente.

Nos recompusimos, ella con más arte que yo. Me guió aun a oscuras hacia el ascensor. No quería encender la luz. Por los vecinos, dijo. El recato después de un polvo, pensé. Les pasa a muchas mujeres. Primero hacen el amor, se descontrolan, gritan, patalean, se ponen lascivas, sueltan guarradas y después se tapan pudorosas con las sabanas. Casi me rio de ella en su cara si no fuera porque en el ascensor si había luz y pude ver que me comía con la mirada. Me ponía enfermo. Me estaba poniendo enfermo otra vez. Pulsó un botón.

- El sexto.- dije.
- ¿Te gusta?
- Me da tiempo a besarte otra vez.

Me gustaba aquello. Para mi besar siempre ha sido muy importante, es un gesto que me escita, me seduce como se mueve el otro, como se junta la boca, la tensión en los labios, el movimiento de la lengua, en mi camino por la sexualidad me he topado con mujeres de las que me hubiera gustado prescindir de haberlas besado. Todas hay que probarlas, digo siempre. Y desgraciadamente para mi gusto siempre se empieza besando. Es una costumbre, yo diría un instinto animal y no se puede pasar a mayores si no has probado la boca primero, es parada obligatoria. Pero el hecho de que me guste besar no hace que me lance de cabeza ansioso a los labios de todas las mujeres con las que intimo. Se lo que me hago. Hay labios más deseables que otros, y el deseo, cuidado, en nada tiene que ver con las formas. Detrás de unos labios bonitos puede haber un beso flojo, sin gracia, falto de ternura o con exceso de ella, en ocasiones hasta desagradable, con excesiva violencia o con desgana. Creo que el besar es cuestión de gustos. Y el beso que a mí me gusta es dulce, sensual, intenso, con la humedad justa, con un ritmo acompasado, como un baile, algo que engancha, que vicia, que crea adicción como las drogas.
Nuestros besos de aquella noche eran así.
Un piso antes del séptimo cielo se abrió el ascensor.
Cuando abrió la puerta y eche un vistazo a la casa vi que era una mujer pudiente. Hay quien se siente cobarde ante gente con dinero pero yo personalmente lo veo como lo que es, una oportunidad única de dejar que los demás me hagan feliz.
Techos altos, muebles antiguos, jarrones caros… nada moderno, todo muy convencional, muy pulcro. Un hilo de ideas me llevo a mirar sus vestido, baúl de mis deseos, y fue entonces cuando me di cuenta de que no era cualquier trapo. Snob.
- Voy a por el champán. – dijo quitándose los tacones. Y me dejó a solas con mis fantasías…
Mientras yo me despojaba de mi sencillo abrigo sin pretensiones, vi una mesita con fotos y me acerqué. Una serie de rostros anónimos me sonreían, sin intuir supuse, que si el objeto de hacerse una foto es recordar un momento especial, siempre puede venir un desconocido a tu casa con deshonestos propósitos a reírse de tu cara. En algunas salía ella y por el peinado y el aspecto deduje que hacía mucho que se habían tomado, testigos de tiempos mejores. Un retrato de familia, o eso creo, con su marido y su hijo. ¿Te han dejado sola?, pensé.

No la oí llegar y me pillo con su foto de boda en la mano. Siempre me han parecido ridículos estos retratos, los novios manejados como monigotes por un tipo que se dice profesional, que suda, que te toca demasiado y te hace poner poses absurdas y cara de idiota. En este caso al menos el novio tenía esa cara.
- ¿Celoso? – preguntó muy seria.
- No. – Mentí. Y cogí la copa que me tendía.- ¿Te apetece una ralla?
- Claro. – dijo tranquila. Su talante cambió al adivinar lo que yo estaba a punto de hacer. – Pero, ¿se puede saber qué coño haces?
- Bueno, – sonreí valiente- la mesa es de madera… no querrás que la estropee.
Sin saber muy bien porque o quizá por una mezcla de alcohol, drogas, sexo y despecho, pasó de parecer ofendida a estallar en carcajadas locas, feliz y con ganas. Yo disfrutaba oyéndola reír mientras me desquitaba un cosquilleo de celos y extendía en aquella foto de mierda una gran ralla encima de la cara de su estúpido y flamante marido. Use todo lo que tenia, no poco, y suficiente para volver a coger ritmo.
Y encima me he follado a tu mujer mamón.
Copa apurada, ralla metida, la agarre de las muñecas y la incline un poco sobre la mesa, esta vez mas dedicado a ella, la besé el cuello, le quite el vestido…
- Con arte… como tú querías, preciosa.
La acariciaba el pecho, maduro pero firme, bonito, lo saque del sujetador aun sin quitar y lo masajee, lo estruje con delicadeza entre mis manos mientras me frotaba por detrás contra ella y la lamia la oreja.
- Me gustan tus braguitas – le dije mientras acariciaba suave, por encima, haciéndome de rogar. Sentí la humedad en mis dedos.
- Pensé que querrías quitármelas no mirarlas. – Se burló. Gemía, estaba ansiosa.
- ¿Por qué no? – me retiré cruel -. ¿Tenemos tiempo no?
Cogí mi copa y la botella y fui a sentarme a un sofá, apartándome de ella, contemplándola. Vi como pudorosa volvía a meterse las tetas en aquel perfecto sujetador. Encaje. Lencería fina. Paseaba como una leona, con el ceño fruncido, casi ofendida y colorada. Me tenía muchas ganas y yo la mantenía en suspenso.
- ¿Te he dicho que puedes hacerme lo que quieras?
- No lo has mencionado.
- Te dejo que me hagas lo que quieras. – y se sentó a mi lado.
- ¿De verdad?
- Sé que te pone, no seas chulito.
- Sé que te pone que lo sea.
- Solo tengo una norma.
- Tu dirás.
- Esto no puede repetirse.
Me sorprendió. Es posible que alguien diga eso después del sexo, y bueno, hay errores que es mejor no volver a cometer, pero que una mujer terriblemente excitada ponga esa regla o es una provocación o una condición.
- Lo que tú digas.- contesté.
- Y lo digo en serio ¿vale? No quiero… - titubeó- no quiero que te vayas luego a enamorar y vuelvas y quieras mas y… tengo mi vida y no me puedo permitir historias de amor ni locuras ni nada parecido.
Aquel discurso me parecía fuera de lugar, ridículo. Ambos sabíamos que habíamos ido allí a follar como salvajes, a dejarnos llevar, a pasar un buen rato sin complicaciones. Sin complicaciones.
- Tendrás que olvidarte de mí – continuó- y marcharte por la mañana. Me temo que hay caprichos que no me puedo permitir.
- Es mejor que te calles. – le pedí- Cállate. He venido por tu cuerpo, para usarte y para que me digas que te haga lo que yo quiera. No busco una historia de amor. Ni hablar. Ya sé como vives y no voy a hacerme ilusiones así que, - la cogí la barbilla, la besé- voy a comerme tus bragas, ¿te parece?
Ella se echó a reír. Todo claro.
Brindamos con más champán. Me considero un hombre de palabra así que me comí sus bragas y así la compensé por lo del portal. Otra botella y toda la ropa por el suelo. Empapados nosotros y el sofá, los cuerpos doloridos en los brazos, en las piernas y en el pecho de tanto reír. Y besos, muchos besos, al final me dolía la boca casi tanto como dejar de besarla. Arañazos, gemidos, locuras posturales, relax.
Así nos encontró la mañana. El sol maldito.
Me vestí, ahora lo sé, con tristeza. Otro beso en la puerta, una mirada suplicante.
- Ya nos veremos –me dijo.
- Sí, ya sabes, cuando quieras.
Y me marché para no volver.
Me desperté en mi piso aquella tarde con agujetas infernales y una desagradable sensación amarga, como de vacío. No hombre, me dije, ¡ya no eres un chaval! Mis agujetas daban fe de ello pero mi cabeza no. Por primera vez en años me sentía triste, apaleado por una mujer. Solo una noche, pensé, y ya eres su pelele. Puto idiota. Me consolé pensando que no volvería a verla. Solo tenía que hacerme a la idea. Unos días y alcohol y me habría curado. Deme pastillas para no soñar, por favor.
Volví al bar esa noche pero El Templo del Morbo ya no me ofrecía secretos ni gracia. Había mucha gente, un tumulto, alguna fiesta. En mi particular sentido del patetismo brindé para ella, con ella, con su silla vacía, por la noche inolvidable, por su vida perfecta, por su fantástico marido ignorante.
Otra cerveza. Otra por favor.
Había perdido la cuenta y entonces… no sé si soñé pero creo que era suya la voz que me susurraba sensual, ardiente, con amor al oído.
- Me moría de ganas, querido, de verte otra vez.

1 comentario:

Darthpitufina dijo...

Olé por esta ampliación de Joaquín Sabina.

Te dejo sugus, que te los has ganado.