No tenía ganas ni de desperezarse, ni de ir a trabajar. Nunca hay ganas de ir a trabajar, pero esta vez de verdad que no iría. La tristeza de una canción que aún en ese día no había escuchado.
29 octubre 2008
Theremín
Como si una música extremadamente melancólica hubiera estado sonando en su cabeza toda la noche se levanto perezoso, triste, suicida de la cama. Nada que ver con los días anteriores en los que desbordaba buen humor como siempre. ¿Y si me tirara por la ventana? ¿Quién lloraría? ¿Quién asistiría a mi entierro? ¿Quién diría unas palabras? ¿Qué palabras?
No tenía ganas ni de desperezarse, ni de ir a trabajar. Nunca hay ganas de ir a trabajar, pero esta vez de verdad que no iría. La tristeza de una canción que aún en ese día no había escuchado.
No tenía ganas ni de desperezarse, ni de ir a trabajar. Nunca hay ganas de ir a trabajar, pero esta vez de verdad que no iría. La tristeza de una canción que aún en ese día no había escuchado.
Hombro de papel
Y llorar en alguna página que me haga sentir cómoda. Un folio viejo, quizás, un ticket del supermercado, un parte médico… cualquier trozo de color liso en el que puedan destacar mis penas, arañándolo con mi boli, con mis palabras, con mi alma. Como un hombro de papel.
Un amigo discreto que no replica, que no critica, que solo calla y escucha y a veces, como siempre, como no puede ser de otra manera, llegamos nosotros mismos a la conclusión acertada.
Mis ganas de contar y un confidente atento.
Yo y una hoja de papel.
Un amigo discreto que no replica, que no critica, que solo calla y escucha y a veces, como siempre, como no puede ser de otra manera, llegamos nosotros mismos a la conclusión acertada.
Mis ganas de contar y un confidente atento.
Yo y una hoja de papel.
Peor para el Sol
Relato basado en la canción de Joaquín Sabina, "Peor para el sol".
El mosquito
Hay una blanca habitación que no tiene gran cosa. Ni siquiera un armario o una silla, sólo una cama, confortable eso sí, y un gran espejo que es en realidad una ventana ahumada que da a una sala de observación. El anciano que hay tendido en la cama lo sabe. No hay que preocuparse por él porque no está encerrado. Sabe muy bien que está en esta habitación para un propósito. Hasta hace un momento estaba profundamente dormido pero ahora se ha sentado al borde de la cama empapado en sudor. Tiene la mirada perdida y los ojos desorbitados, está confuso y triste, muy triste.
Mi libro
He mirado éste libro tantas veces, como si me enamorara, sin poder pasar del resumen o de la foto de cubierta. “Cuando tenga dinero me lo compro” digo siempre. Pero mis padres nunca me dan suficiente dinero para nada. Y me camela. Sé que podría cogerlo en la biblioteca o leerlo aquí mismo en la tienda. Pero no sería igual que si me perteneciera. Aunque creo que ya es mío por deseo y por derecho. Lo quiero para mí y lo quiero ahora. Quito las tiras magnéticas de la portada y dentro de la tapa. Lo guardo en mi mochila escolar evitando que otros clientes me vean. Me palpita rápido el corazón. Soy un ladrón. Voy a la salida, veo los detectores que podrían delatarme, al guardia que percibirá seguro un temblor y el letrero de culpable pintado en mi frente. Salida. Respiro en la calle. Ya eres mío.
Las notas negras
Cuando Jonathan Bane se presentó ante mí como mi admirador yo era el mejor pianista de Fort William. Es cierto que viviendo en un pueblo como este no se puede aspirar a la fama mundial pero, aunque acogedor, yo no lo elegí por sus habitantes sino por la avalancha de turistas que cada año acudían allí a escalar hasta la modesta cima del Ben Nevis, pico más alto de Inglaterra, y que de paso se dejaban los cuartos en los bares y despensas de la población. Mi intención al mudarme allí desde Glencoe era la de ganar algún dinero raspado del bolsillo turístico o tentar a la fortuna para que un buen agente que casualmente pasase por allí pudiera ficharme y cambiar mi destino. Nada más lejos de la realidad, lo único que pasó fue el señor Bane cargado de su maldita modestia.
Timidez y un gato
Juan Carlos era un chico tímido, retraído, quizá un poco antisocial. Caminaba por la calle un tanto afligido. Con su chaqueta marrón un par de tallas más grande y unos pantalones ya viejos, de los que heredó al morir su padre, parecía un ratón perdido entre almohadones. Él pequeño y todo grande. El mundo le venía grande.
Cada mañana compraba flores en el puesto de Jimena y cada mañana se las entregaba a Isabel en el puesto de verduras que estaba inmediatamente al lado del primero. Se las entregaba o lo intentaba. La guapa Isabel acepto el ramo dos veces, el primer día y el siguiente y después de sospechar las intenciones de Juan decidió no volver a aceptar su ramo. Así llevaban tres años en que la pequeña pensión de Juan Carlos se convertía en flores que acababa llevando a casa. Un aroma delicioso en el salón.
Cada mañana compraba flores en el puesto de Jimena y cada mañana se las entregaba a Isabel en el puesto de verduras que estaba inmediatamente al lado del primero. Se las entregaba o lo intentaba. La guapa Isabel acepto el ramo dos veces, el primer día y el siguiente y después de sospechar las intenciones de Juan decidió no volver a aceptar su ramo. Así llevaban tres años en que la pequeña pensión de Juan Carlos se convertía en flores que acababa llevando a casa. Un aroma delicioso en el salón.
¿Qué pasaría si...
¿QUE PASARIA SI NUESTRAS CLASES SOCIALES SE PRESENTASEN DIFERENCIADAS POR COLORES?
En un día radiante, como hoy en el que estás leyendo esto, un hombre llamado Rodrigo salía de su casa. En su cabeza sentimientos encontrados nublaban la visión de su paseo hasta el autobús que le llevaría al trabajo. Cuando llego a la parada se dio cuenta de que ni siquiera recordaba el recorrido desde su casa.
- ¡maldita sea! – dijo muy bajito, irritado al darse cuenta de sus ausencias.
A su alrededor otros ciudadanos de clase obrera no le prestaban atención. Cada uno a lo suyo, cada uno con sus cosas. Uno con el periódico, otro con sus pensamientos, aquel con un libro; todos invariablemente llevaban ropa azul. Diferentes tonos pero siempre azul.
- Como debe ser. – pensó Rodrigo- Así es como debe ser.
En un día radiante, como hoy en el que estás leyendo esto, un hombre llamado Rodrigo salía de su casa. En su cabeza sentimientos encontrados nublaban la visión de su paseo hasta el autobús que le llevaría al trabajo. Cuando llego a la parada se dio cuenta de que ni siquiera recordaba el recorrido desde su casa.
- ¡maldita sea! – dijo muy bajito, irritado al darse cuenta de sus ausencias.
A su alrededor otros ciudadanos de clase obrera no le prestaban atención. Cada uno a lo suyo, cada uno con sus cosas. Uno con el periódico, otro con sus pensamientos, aquel con un libro; todos invariablemente llevaban ropa azul. Diferentes tonos pero siempre azul.
- Como debe ser. – pensó Rodrigo- Así es como debe ser.
El Bosque de las hadas
Quería viajar al bosque de las hadas y resulta que entre ramas de sauce la mayor parte de los duendes que había eran de cristal diamantino, colgando de las ramas de los arboles como bolas de navidad, atados a ellas por un cordón dorado que salía de sus pequeñas nucas como si fueran carnes ensartadas en un matadero.
ESPERMA
Soy un espermatozoide. Soy testosterona. Soy un dios entre millones. Mis hermanos no valen nada. Solo mi señor es mi rey. Solo él puede compararse conmigo. Vivimos en simbiosis. Él me necesita y yo le voy ha hacer un favor. Vamos a triunfar. Vamos a conquistar a esa hembra. Hoy no habrá plástico que me contenga. No me van a detener. Hoy saldré con fuerza. Hoy voy a ser el primero.
El hijo de Mary Poppins
- A ver Louisa, cuéntanos ¿a qué se dedica tu mamá?
- Pues… pues… - rezongo la niña haciendo memoria - mi mamá es enfermera y cura a la gente cuando se pone malita.
- ¡Ah, muy bien! – dijo la maestra- ¿y tú quieres ser enfermera como tu mamá cuando seas mayor?
- ¡Sí! – dijo Louisa tajante – y curar a mucha gente y regalarles caramelos a los niños que estén malitos.
- ¡Muy bien Louisa! ¿Y tu John?
La maestra se dirigía a un niño con la carita sucia muy entretenido metiéndose el dedo en la nariz.
- ¡Yo quiero ser como mi mamá que es corredora de bolsa! ¡La mejor del mundo! – dijo con la voz algo gangosa. La profesora se acercó a él y le limpio los mocos.
- Eso está muy bien John, pero te tendrás que esforzar mucho ¿eh?.
- Zí, zí…
- ¿Y tu Peter? – dijo señalando a otro niño- ¿A qué se dedica tu mamá?
- Mi mamá es Mary Poppins.
- Pues… pues… - rezongo la niña haciendo memoria - mi mamá es enfermera y cura a la gente cuando se pone malita.
- ¡Ah, muy bien! – dijo la maestra- ¿y tú quieres ser enfermera como tu mamá cuando seas mayor?
- ¡Sí! – dijo Louisa tajante – y curar a mucha gente y regalarles caramelos a los niños que estén malitos.
- ¡Muy bien Louisa! ¿Y tu John?
La maestra se dirigía a un niño con la carita sucia muy entretenido metiéndose el dedo en la nariz.
- ¡Yo quiero ser como mi mamá que es corredora de bolsa! ¡La mejor del mundo! – dijo con la voz algo gangosa. La profesora se acercó a él y le limpio los mocos.
- Eso está muy bien John, pero te tendrás que esforzar mucho ¿eh?.
- Zí, zí…
- ¿Y tu Peter? – dijo señalando a otro niño- ¿A qué se dedica tu mamá?
- Mi mamá es Mary Poppins.
CAMBIO DE HABITOS
Irvin no terminaba de adaptarse a su nueva vida. El sabia que le iba a costar un tiempo acostumbrarse… no como a Tilda. Ella en cambio parecia llevarlo muy bien.
Aparecio ella por la puerta de la cocina:
- ¿Qué te apetece cenar hoy cielo?
- Mmm… ¿carne?
- ¿Carniceria o polleria?
- Polleria, hoy estoy algo pesado.
- Muy bien. – cogió el bolso, se puso el abrigo – Ahora vuelvo, amor.
- Hasta ahora.
Al cabo de dos minutos se empezaron a oir gritos al otro lado de la calle.
Aparecio ella por la puerta de la cocina:
- ¿Qué te apetece cenar hoy cielo?
- Mmm… ¿carne?
- ¿Carniceria o polleria?
- Polleria, hoy estoy algo pesado.
- Muy bien. – cogió el bolso, se puso el abrigo – Ahora vuelvo, amor.
- Hasta ahora.
Al cabo de dos minutos se empezaron a oir gritos al otro lado de la calle.
21 octubre 2008
Las Velas
La nueva paciente entro tímida en el recibidor. María, la secretaria, no la había visto nunca. No se extraño, sin embargo, del aspecto descuidado y perdido de la mujer. Era habitual ver personas en este estado. Le dio las buenas tardes, le dijo que la doctora enseguida la atendería y la guio hasta la sala donde podía esperar. La mujer se sentó tímidamente y echo un vistazo a la habitación cuando se hubo retirado la secretaria.
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